5 de diciembre de 2011

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15 de abril de 2010

Día 8. Recomendación segunda (y tímida).

Juliette -la impactante revelación Alba Gaïa Bellugi- es, en La Robe du Soir, una excelente alumna de quinto grado en una escuela francesa. En su casa, las cosas no son ideales: su papá no aparece y su mamá suele estar ausente y demasiado ocupada trabajando para mantener a sus tres hijos. Quizás se deba a eso, y a la difícil relación que tiene con su hermano mayor, que la pequeña y de lento desarrollo Juliette esconda su cuerpo en ropas algo masculinas. Pero ante la sexualidad que emana constantemente su maestra Hélène, la alumna comenzará a explorar la propia. No sólo se probará maquillaje y usará la ropa de su mamá, sino que empezará a desarrollar una admiración por su maestra que, pronto, se confundirá con amor.
Juliette tiene una excelente relación con Hélène y se esfuerza para ello. Pero un extraño incidente con un viejo libro que la maestra le presta a su alumna empezará a entorpecer esa cercanía, y es ahora el popular Antoine el centro de atención de Hélène. El amigo de Juliette es un chico inteligente pero que por sus malas notas ve peligrar su avance en la escuela. La maestra está dispuesta hacer lo necesario para que pueda pasar de grado. Juliette hará lo posible por ocultar los fuertes celos que le produce esta nueva y estrecha relación que, a sus ojos, nada tiene de platónica. Pero ocultar sus sentimientos sólo producirá que crezcan. Y serán esos sentimientos el germen de una violencia que explotará en todos sus sentidos.
Las sorprendentes actuaciones y la interesante visión de la directora sobre el papel de la escuela y sus maestros en estos tiempos, hacen de la película una imperdible del BAFICI. Amenazando con ser conservadora, La Robe du Soir intenta, por lo contrario, poner en evidencia las posibles dificultades que las nuevas y necesarias formas de relación entre alumnos y maestros enfrentan.  

Día 8. Recomendación primera.

Ché Sandoval explicó primero que su trabajo era la tesis de la Escuela de Cine de Chile. Cuando le preguntaron qué cine lo influenciaba, respondió: “Como todo estudiante de cine, me gustaba mucho el contemplativo, la posibilidad de una película que contara algo si quería, pero no siempre. Todo cambió en el 2007, cuando vi Mutual Appreciation de Andrew Bujalski y me di cuenta de que el cine podía hablar de algo más que de sí mismo”.
Al principio creí que era pura casualidad que me hubiera gustado tanto la película Te creís la más linda (pero erís la más puta) y que su director responsabilizara por ella, en parte pero puntualmente, a Mutual Appreciation, film que se convirtió, en el momento que los créditos aparecieron, en uno de mis preferidos. Pero después de mucho pensar sobre la obra de Sandoval y la de Bujalski (que, por cierto, generó muchísimo entusiasmo en todos los estudiantes que tuvieron la posibilidad de verla en aquel Festival de Mar del Plata), me di cuenta de que tales casualidades no existen.
Continuó Ché, contando que sus profesores no estaban entusiasmados con que hiciera una película “teen” (si es que se puede decir que es teen, entonces no se puede omitir que trae algo muy original y renovador al género, especialmente en Latinoamérica), pero él no dudó en contestar “¿Cómo no voy a hacer una película teen? Tengo veintiún años… ¿sobre qué voy a escribir si no?”. Hoy, con veinticuatro, confía en que tuvo razón. Y el público también.
La honestidad y el humor de Ché se ven en los poco más de 80 minutos de Te creís la más linda… Sus planos largos, nunca aburridos ni agotadores, dan libertad al desarrollo vertiginoso de diálogos ácidos, filosos e increíblemente divertidos, carentes de pudor. Y es que ¿qué pudor puede haber cuando se cuenta la historia de un chico de veintipocos que se enamora de una mujer que lo deja después de tener sexo por ser eyaculador precoz?
Se termina la ronda de preguntas. Hoy dieron más tiempo que otras veces. Por último, Ché asegura que Martín, el protagonista, no es actor (como la mayoría del elenco) y es nada más que su mejor amigo. También dice que casi no hubo lugar para la improvisación. Difícil es creerle, pero no queda otra y Martín, que está también en Buenos Aires, lo confirma.
Es tarde y momento de volver. Me subo al colectivo con cansancio, y me sorprende que, después de tantas películas, por primera vez esté convencido de que lo primero que tengo que hacer cuando llegue a casa es escribir lo que me salga con un solo objetivo: que nadie se pierda Te creís la más linda (pero erís la más puta).

12 de abril de 2010

Día 5. Relato de una sorpresa en Antes.

Probablemente por ser el estreno, la función del día de ayer de Antes fue, ante todo, muy cool. Fito Paez y una serie de famosos asistieron. Hubo pizzas extrañas, en forma de cucurucho, y cerveza para todos. Comienzo poco auspicioso para los escépticos (levanto la mano).
En la sala si algo no había, era silencio. La gente se reía, gritaba y tomaba cerveza en sus asientos. Y cuando bajó el director, Daniel Gimelberg, también bajó la ovación con potencia. Daniel se reía, estaba contento. Una mujer a mi lado saludaba a Marco Berger y le decía “soy la madre de Nahuel”. Otra, sinceramente insoportable, gritaba a Sergio Wolf mientras presentaba la película, diciéndole cosas como “¡No cuentes lo que pasa, boludo!” y comentando, también con su garganta a toda máquina, “That’s a fuckin’ lie” cuando Wolf se refería a la experiencia cinematográfica anterior de Gimelberg como una “media película”. Gimelberg asintió, los aplausos dieron por finalizada la presentación, y el director caminó por al lado de la desagradable mujer. “¡No te ayudo más!”, expresó ella. Daniel se rió, pero quienes le vimos la cara supimos que se arrepentía gravemente de la decisión que había tomado tiempo atrás, cuando esta mujer empezó a formar parte de su proyecto. Finalmente, las luces se apagaron y la mujer, que no dejaba su vaso de cerveza, siguió con su perorata que, podría asegurar, no terminó ni con el fin de la película.
Con un presupuesto bajísimo y con gente trabajando “de onda”, Antes se hizo con lo mínimo pero no por eso hubo carencia de recursos. Ubicada torpemente en finales de los ’90 y en comienzos del 2000, cuenta la historia de Nacho dividiéndola en un verano y en un invierno -que sucede, al parecer, dos años más tarde- que se entrelazan. El verano, de día y de colores cálidos, es la vida feliz y cómoda de un estudiante de veintiún años de clase media, que pasa la estación con su novia y con sus amigos. Especialmente con Tomás, su mejor amigo gay con el que comparte una relación homoerótica, y que pronto se va a vivir a Madrid. Absolutamente contrapuesto es el invierno -frío, oscuro y nocturno- tiempo más tarde, en el que Nacho está solo, deambulando, trabajando en un taller mecánico, cobrando una pensión del socio de su papá, gastando lo que tiene en drogas y alcohol, cayendo cada vez más bajo.
La narración no ahorra efectismos, lugares comunes ni planos errados e inadecuados y pareciera, muchas veces, no encontrar el timing correcto. Aunque todo sea por momentos, los vicios logran compensarse con una narración cada tanto progresiva y con escenas potentes en sus diálogos y, por sobre todo, en sus actuaciones. Cuesta imaginárselo de otra forma con un elenco con Nahuel Viale a la cabeza, acompañado de Nahuel Pérez Biscayart, Martín Piroyanski, Carlos Portaluppi, Guadalupe Docampo (ganadora del premio a la mejor actriz en el Festival de Mar del Plata por La Tigra, Chaco), Alejandra Flechner.
Porque además de sorprender la a veces inusitada belleza con la que se muestra Buenos Aires, sorprende tal tino en el casting de una película argentina de tan bajo presupuesto. Y por eso vale la pena ver Antes y no desdeñar el potencial de Daniel Gimelberg, que, es cierto, no se ve fácilmente en esta ópera prima. Da placer y esperanza saber que hay una generación de actores que se viene con todo y que está dispuesta –ya lo ha demostrado- a inundar las pantallas con su inteligencia y versatilidad.

Día 4. Pequeña reseña sobre Black Dynamite.

Una mujer negra sale de entre las sábanas. Ahora una blanca y, por último, una asiática. Las tres le agradecen a Black Dynamite la noche de sexo. Pero Black Dynamite les pide silencio: van a despertar a las otras chicas que están en la cama.
Son los 70s. Época de afros, funk y black power. Black Dynamite es un veterano de la guerra de Vietnam que se ha retirado y ha dejado la CIA, a la cual pertenecía. Pero la muerte de su hermano en medio de una venta de drogas hará que la máquina de matar con nunchakus vuelva a las calles para esclarecer el asesinato. Es que BD ha roto una promesa: había jurado a su madre, en su lecho de muerte, que cuidaría de su hermano y lo mantendría con vida. Comenzará una investigación en la que descubrirá que el lugar que habita está en plena debacle. Se trata de una comunidad donde hasta el orfanato está inundado de drogas, lo que lo afecta especialmente, porque, dice, "Yo también fui huérfano". Ahora, la misión de BD se ha convertido en algo mucho mayor que la resolución de un asesinato.
Parodia del cine clase B de los setentas (Kung Fu, político, acción y hasta romántico), Black Dynamite es una sucesión imparable de peleas, micrófonos que no deberían verse en la pantalla, zooms violentos, gags y sinsentidos dramáticos.

11 de abril de 2010

Nuevo Día 0. La lista primera de películas.

- Ajami.
- Somos nosotros.
- Black Dynamite.
- Les Beaux Gosses.
- Ocio.
- Secuestro y muerte.
- Antes.
- El pasante.
- Cinco.
- Las Pistas - Lanhoyij - Nmitaxanaxac.
- McDull, Kung Fu Kindergarten.
- La Robe du soir.
- To walk beside you.
- Te creís la más linda (pero erís la más puta).
- Le Roi de l'evasion.
- El Rati Horror Show.
- La Cinta Blanca.
- Cortos Competencia - Programa 1.

Nuevo Día 0. El Renacimiento.

El sol de tonos anaranjados se levanta por detrás de los edificios y pinta la ciudad de colores cálidos. Un día se anuncia en las calles despobladas, repletas de hojas de diarios y bolsas de plástico que dan vueltas como si fueran bolas de paja en el desierto. El primer auto pasa a gran velocidad y hace que la bolsa blanca gire sobre su eje hacia arriba, deambulando hasta chocarse con la parte alta del semáforo. Es Buenos Aires, es el amanecer, es un nuevo día. Es el Nuevo Día 0.
Me levanto extraño por el sueño de ayer. No recuerdo bien qué pasaba, pero me tiene inquieto. Voy al baño a mojarme la cara y me doy cuenta de que es demasiado temprano para estar despierto. Desde mi ventana veo una bolsa de plástico blanca que está sobre la parte alta del semáforo. Me concentro frente a mi calendario del BAFICI. Es momento de marcar películas, es momento de comprar entradas para ellas. Es momento del renacimiento.
Y, mientras todo avance, algo haré.
Tengo entradas, hay algo de prensa en las salas y hay muchos estudiantes. Querían que no fuera así, pero los Diarios continúan. Es el Nuevo Día 0.
El Diario sobre un estudiante con planes que de repente no los tenía más: pocas líneas sobre películas, gente y un festival.

Día -1. Sobre el Día -1: su invención no ha sido hoy.

No. No es un invento mío. Algunos dicen que no existe este día. Pero yo puedo asegurarles que sí. La Humanidad lo ha tenido consigo por milenios y que lo haya en el BAFICI no debería ser material para la sorpresa.
Se trata de un día en el que uno está contento por participar de un festival que disfruta mucho. Faltan muy pocos días para que empiece y la expectativa empieza a sentirse en el cuerpo, en una mente llena de ideas pero que pareciera estar en blanco, se ve en el catálogo casi nuevo pero ya derruido, todo marcado y con estrías en sus tapas.
Ése es el comienzo, pero el fin es otro. Y tiene su propio comienzo: cuando quien escribe se entera de que no va a ser posible ingresar en esa sala de prensa tan adornada de Guardia Vieja. La entrada está prohibida: algo ha molestado a alguien. ¿Por qué? Difícil saber, más difícil averiguarlo. ¿Tiene importancia? Poca a esta altura.
Un estudiante de cine está sin acreditación a pasos del comienzo del festival con decenas de funciones agotadas… ¿qué puede hacer?
El Día -1 es el día en que ya no hay acreditación y tampoco hay mucho tiempo para comprar las entradas que el Dios Festival proveería. El Día -1 es el día en que no se sabe qué hacer frente a la situación que se presenta,  en el que sabemos con certeza que tal Dios no existe. 
El Día -1 es hoy. ¿Podrá el estudiante sobreponerse a la situación? ¿Cómo?

2 de abril de 2010

Día 0. Comentario sobre el Catálogo: su tamaño y su contenido.

Me gustaban más los catálogos grandes. Tenía que ser dicho. En la época en que lo único que se agrandan son las pulgadas de los televisores, que el catálogo del BAFICI haya seguido la tendencia fue para mí algo triste. Sí, es cierto, deben gastar mucho menos papel y el planeta agradecido. Pero es como el ambientalmente responsable y su relación con las duchas largas: son demasiado buenas como para dejarlas. A veces, cuando lo pienso –y no crean que no sé cuán estúpido suena decirlo- creo que es esa cosa enciclopédica que tenía el libro inmenso, lleno de películas… de grandes películas. Y ¿no es enciclopédico que esté guardado el catálogo al lado de mi libro del colegio “Historia contemporánea de la Argentina y el mundo”? Y enciclopédico, ¿no es, además, una linda palabra? Es una linda palabra para un libro de pequeños comentarios o reseñas e información de largos y cortometrajes independientes. Para un libro que permite la difusión de obras que si no, probablemente, serían vistas solamente por los familiares de quienes las hicieron. Y aunque no fuera tan así, nos permite ver films que jamás llegarían a nosotros. Y con eso alcanza. Así que quizás se trata de darle al catálogo una importancia que supo darle, de una forma tonta pero efectiva, su tamaño y que le ha sido quitada. Se trata de devolverle esa característica enciclopédica.
Quizás sea por lo enciclopédico que en la página 42 del catálogo tuve que poner, en vez de mi sistema de clasificación del punto rojo-línea roja-espacio vacío, un signo de pregunta rojo. El film La Bocca del Lupo permite, a quien escribe para que lo elijamos a él por sobre los más de 400 candidatos que restan, comentar que “Todo lo que importa del cine está en La bocca del lupo: el pasado y el presente, el archivo de lo que el mundo pudo ser y la crónica de lo que es (…)”. Y así sigue en sus más de quince líneas de espacio. Quisiera poner acá el gran signo de pregunta rojo que tengo sobre la página del libro porque, ¿qué carajo significa eso? ¿De qué va la película? O si no, más fácil, ¿qué es “todo lo que importa en el cine”? ¿Qué nivel de arrogancia permite decir semejante cosa? Dejando la arrogancia de quien lo haya escrito de lado, hay que ir a lo importante: hay algo que los escritores del catálogo no entienden del BAFICI y su espectador.
Me paro frente al calendario de películas y tengo ya marcados en un costado todos los horarios en los que me será imposible ir al cine. Marco las que sé que están agotadas y, finalmente, con otro tipo de señalización, dejo en claro en las hojas cuáles son las elegidas. Después de una cola interminable en el shopping, tengo mi lugar frente a la vendedora que sabe, porque ha estado acá todo el día, que nuestro intercambio de información y dinero no va a ser rápido. Tengo miedo. Y tengo miedo como el 80% de los espectadores del festival (quise ser cuidadoso con el número elegido; si mi familia no dijera que soy algo exagerado, le hubiera sumado, como mínimo, un diez por ciento más). ¿Habré elegido bien? ¿Habrá sido justo quien escribió en el catálogo con la película? ¿Habrá convertido un bodrio insoportable en una prosa irresistible y embaucadora? Tengo 422 films para elegir y espacio en mi cabeza y mis horarios para ver, como máximo, 25. Sí, mis amigos me dicen loco, dicen que no saben cómo lo hago (y después me piden que les recomiende algo) y yo no les cuento que no suelo acordarme de más de cinco de las que vi, por lo que siempre guardo mi calendario dentro del catálogo para que, si alguna vez me agarran las ganas de saber, pueda conocer todos los films que asistí. Y asistí, porque ya no sé qué me quedó de ellas en mí. Pero si vuelvo no es sólo por la fe en recordar sino, también, por la confianza en que algo, aunque imposible de definir con seguridad, queda.
Pero, ¿a qué quiero llegar con todo esto? Sé que los Señores del Catálogo quieren ser críticos y que las películas no pueden ser resumibles en un argumento repetible en dos líneas. Sé que hay muchas de esas películas que son indescriptibles en el espacio que tienen. Sé que, muchas de las veces, les gustaría poder expresar en una conversación de ida y vuelta con el posible espectador qué es esa película que se detienen a mirar en el catálogo para, quizás (si es que se da ese momento de conexión película-espectador), vayan a verla a la sala. Pero no pueden. Tienen unas veinte líneas en una página, con una foto a color, información del equipo técnico, del director y de la parte del festival en la que participa. No pueden usar más. Y tienen que hacer una reseña o comentario lo suficientemente justo como para que parte de la obra esté ahí y el lector pueda reconocerla. Porque lo que finalmente pasa cuando no la reconoce es que el miedo toma lugar -en mí y en tantos otros- y la página queda salteada y la película olvidada por aquel, en un catálogo enciclopédico al lado de algún libro (antes un manual de historia, ahora alguno de bolsillo), hasta que quizás por el tiempo, la experiencia del otro o la simple casualidad y suerte, el espectador derrote ese miedo victorioso y desempolve al film de ese olvido en que lo había puesto antes. 

31 de marzo de 2010

Día 0. Sobre el Día 0.

No sabría definir con exactitud qué es el Día 0. Y, después de una búsqueda bastante menos que intensiva, puedo decir que pocos se animan a definirlo. Sólo sé que es "el día antes". El día antes del festival, en este caso. Pero, entonces, ¿cuál es la fecha del Día 0?
La gacetilla de prensa dice que el 7 de abril se retiran las acreditaciones y en el banner del BAFICI esa misma fecha aparece como el comienzo. Pero para mí el Día 0 poco tiene que ver con lo que diga nadie. Ni siquiera, como creen muchos, es el día en que las entradas empiezan a venderse y uno puede ya sentir el festival que se acerca, las fechas complicadas en las que uno tiene que perder clases, adelantar horas de trabajo o postergar citas médicas para ver esa película que quizás no vuelva a tener la posibilidad de presenciar en pantalla grande. Para algunos, la famosa fecha empieza en el medio del festival, cuando se sientan en la sala, el silencio se convierte en religión, los chicos de uniforme dejan de ofrecer café (y también otras cosas que nadie va a comprar) y los celulares, por un instante, pierden la supremacía como centros de atención y la oscuridad, finalmente, se hace del lugar por unas decenas de minutos. Para muchos otros, la cosa no es tan romántica: es una entrada a una película que no tienen ni la más puta idea de lo que es, pero sale más barata que las del resto del año y, como agregado especial, uno puede decir que asistió a un festival y consumió cultura de la buena. 
Sigue habiendo otras opciones para el Día 0, pero para mí (y he comprobado sin sorprenderme que no soy el único) es ese gran momento, en el que el catálogo del festival de turno (no, BAFICI, no sientas que sos menos especial: sos mi preferido) está en mis manos y puedo saborear el olor a nuevo de sus hojas luego de abonar el precio exigido para empezar a leer los comentarios, las pequeñas líneas a veces tan extrañas y distrayentes que, finalmente, logran determinar cuáles de las 422 películas que el año 2010 tiene para ofrecer serán las elegidas. Punto rojo, las que tengo que hacer lo posible por ver; línea roja, las que, si estoy con tiempo para ver una y sin punto rojo entre las opciones, podrían ser; y espacio vacío, para aquellas que este año no me tentaron. No quedan dudas de que -y la experiencia no hace más que confirmarlo- entre mis espacios vacíos habrá alguna que nunca debió serlo. Pero eso también es parte del "día antes": cometer un error que sólo comprobaremos que hemos cometido una vez que no podamos solucionarlo. 
Desde ayer es mi Día 0. Y todavía no sé hasta cuándo, porque hay 450 páginas de las que ni siquiera una puede ser salteada: si algo aprendí en estos años de festivales es que nunca se debe dejar a la suerte la posibilidad de cometer un grave error y dejar un espacio vacío en lugar de un punto rojo.