15 de abril de 2010

Día 8. Recomendación segunda (y tímida).

Juliette -la impactante revelación Alba Gaïa Bellugi- es, en La Robe du Soir, una excelente alumna de quinto grado en una escuela francesa. En su casa, las cosas no son ideales: su papá no aparece y su mamá suele estar ausente y demasiado ocupada trabajando para mantener a sus tres hijos. Quizás se deba a eso, y a la difícil relación que tiene con su hermano mayor, que la pequeña y de lento desarrollo Juliette esconda su cuerpo en ropas algo masculinas. Pero ante la sexualidad que emana constantemente su maestra Hélène, la alumna comenzará a explorar la propia. No sólo se probará maquillaje y usará la ropa de su mamá, sino que empezará a desarrollar una admiración por su maestra que, pronto, se confundirá con amor.
Juliette tiene una excelente relación con Hélène y se esfuerza para ello. Pero un extraño incidente con un viejo libro que la maestra le presta a su alumna empezará a entorpecer esa cercanía, y es ahora el popular Antoine el centro de atención de Hélène. El amigo de Juliette es un chico inteligente pero que por sus malas notas ve peligrar su avance en la escuela. La maestra está dispuesta hacer lo necesario para que pueda pasar de grado. Juliette hará lo posible por ocultar los fuertes celos que le produce esta nueva y estrecha relación que, a sus ojos, nada tiene de platónica. Pero ocultar sus sentimientos sólo producirá que crezcan. Y serán esos sentimientos el germen de una violencia que explotará en todos sus sentidos.
Las sorprendentes actuaciones y la interesante visión de la directora sobre el papel de la escuela y sus maestros en estos tiempos, hacen de la película una imperdible del BAFICI. Amenazando con ser conservadora, La Robe du Soir intenta, por lo contrario, poner en evidencia las posibles dificultades que las nuevas y necesarias formas de relación entre alumnos y maestros enfrentan.  

Día 8. Recomendación primera.

Ché Sandoval explicó primero que su trabajo era la tesis de la Escuela de Cine de Chile. Cuando le preguntaron qué cine lo influenciaba, respondió: “Como todo estudiante de cine, me gustaba mucho el contemplativo, la posibilidad de una película que contara algo si quería, pero no siempre. Todo cambió en el 2007, cuando vi Mutual Appreciation de Andrew Bujalski y me di cuenta de que el cine podía hablar de algo más que de sí mismo”.
Al principio creí que era pura casualidad que me hubiera gustado tanto la película Te creís la más linda (pero erís la más puta) y que su director responsabilizara por ella, en parte pero puntualmente, a Mutual Appreciation, film que se convirtió, en el momento que los créditos aparecieron, en uno de mis preferidos. Pero después de mucho pensar sobre la obra de Sandoval y la de Bujalski (que, por cierto, generó muchísimo entusiasmo en todos los estudiantes que tuvieron la posibilidad de verla en aquel Festival de Mar del Plata), me di cuenta de que tales casualidades no existen.
Continuó Ché, contando que sus profesores no estaban entusiasmados con que hiciera una película “teen” (si es que se puede decir que es teen, entonces no se puede omitir que trae algo muy original y renovador al género, especialmente en Latinoamérica), pero él no dudó en contestar “¿Cómo no voy a hacer una película teen? Tengo veintiún años… ¿sobre qué voy a escribir si no?”. Hoy, con veinticuatro, confía en que tuvo razón. Y el público también.
La honestidad y el humor de Ché se ven en los poco más de 80 minutos de Te creís la más linda… Sus planos largos, nunca aburridos ni agotadores, dan libertad al desarrollo vertiginoso de diálogos ácidos, filosos e increíblemente divertidos, carentes de pudor. Y es que ¿qué pudor puede haber cuando se cuenta la historia de un chico de veintipocos que se enamora de una mujer que lo deja después de tener sexo por ser eyaculador precoz?
Se termina la ronda de preguntas. Hoy dieron más tiempo que otras veces. Por último, Ché asegura que Martín, el protagonista, no es actor (como la mayoría del elenco) y es nada más que su mejor amigo. También dice que casi no hubo lugar para la improvisación. Difícil es creerle, pero no queda otra y Martín, que está también en Buenos Aires, lo confirma.
Es tarde y momento de volver. Me subo al colectivo con cansancio, y me sorprende que, después de tantas películas, por primera vez esté convencido de que lo primero que tengo que hacer cuando llegue a casa es escribir lo que me salga con un solo objetivo: que nadie se pierda Te creís la más linda (pero erís la más puta).