2 de abril de 2010

Día 0. Comentario sobre el Catálogo: su tamaño y su contenido.

Me gustaban más los catálogos grandes. Tenía que ser dicho. En la época en que lo único que se agrandan son las pulgadas de los televisores, que el catálogo del BAFICI haya seguido la tendencia fue para mí algo triste. Sí, es cierto, deben gastar mucho menos papel y el planeta agradecido. Pero es como el ambientalmente responsable y su relación con las duchas largas: son demasiado buenas como para dejarlas. A veces, cuando lo pienso –y no crean que no sé cuán estúpido suena decirlo- creo que es esa cosa enciclopédica que tenía el libro inmenso, lleno de películas… de grandes películas. Y ¿no es enciclopédico que esté guardado el catálogo al lado de mi libro del colegio “Historia contemporánea de la Argentina y el mundo”? Y enciclopédico, ¿no es, además, una linda palabra? Es una linda palabra para un libro de pequeños comentarios o reseñas e información de largos y cortometrajes independientes. Para un libro que permite la difusión de obras que si no, probablemente, serían vistas solamente por los familiares de quienes las hicieron. Y aunque no fuera tan así, nos permite ver films que jamás llegarían a nosotros. Y con eso alcanza. Así que quizás se trata de darle al catálogo una importancia que supo darle, de una forma tonta pero efectiva, su tamaño y que le ha sido quitada. Se trata de devolverle esa característica enciclopédica.
Quizás sea por lo enciclopédico que en la página 42 del catálogo tuve que poner, en vez de mi sistema de clasificación del punto rojo-línea roja-espacio vacío, un signo de pregunta rojo. El film La Bocca del Lupo permite, a quien escribe para que lo elijamos a él por sobre los más de 400 candidatos que restan, comentar que “Todo lo que importa del cine está en La bocca del lupo: el pasado y el presente, el archivo de lo que el mundo pudo ser y la crónica de lo que es (…)”. Y así sigue en sus más de quince líneas de espacio. Quisiera poner acá el gran signo de pregunta rojo que tengo sobre la página del libro porque, ¿qué carajo significa eso? ¿De qué va la película? O si no, más fácil, ¿qué es “todo lo que importa en el cine”? ¿Qué nivel de arrogancia permite decir semejante cosa? Dejando la arrogancia de quien lo haya escrito de lado, hay que ir a lo importante: hay algo que los escritores del catálogo no entienden del BAFICI y su espectador.
Me paro frente al calendario de películas y tengo ya marcados en un costado todos los horarios en los que me será imposible ir al cine. Marco las que sé que están agotadas y, finalmente, con otro tipo de señalización, dejo en claro en las hojas cuáles son las elegidas. Después de una cola interminable en el shopping, tengo mi lugar frente a la vendedora que sabe, porque ha estado acá todo el día, que nuestro intercambio de información y dinero no va a ser rápido. Tengo miedo. Y tengo miedo como el 80% de los espectadores del festival (quise ser cuidadoso con el número elegido; si mi familia no dijera que soy algo exagerado, le hubiera sumado, como mínimo, un diez por ciento más). ¿Habré elegido bien? ¿Habrá sido justo quien escribió en el catálogo con la película? ¿Habrá convertido un bodrio insoportable en una prosa irresistible y embaucadora? Tengo 422 films para elegir y espacio en mi cabeza y mis horarios para ver, como máximo, 25. Sí, mis amigos me dicen loco, dicen que no saben cómo lo hago (y después me piden que les recomiende algo) y yo no les cuento que no suelo acordarme de más de cinco de las que vi, por lo que siempre guardo mi calendario dentro del catálogo para que, si alguna vez me agarran las ganas de saber, pueda conocer todos los films que asistí. Y asistí, porque ya no sé qué me quedó de ellas en mí. Pero si vuelvo no es sólo por la fe en recordar sino, también, por la confianza en que algo, aunque imposible de definir con seguridad, queda.
Pero, ¿a qué quiero llegar con todo esto? Sé que los Señores del Catálogo quieren ser críticos y que las películas no pueden ser resumibles en un argumento repetible en dos líneas. Sé que hay muchas de esas películas que son indescriptibles en el espacio que tienen. Sé que, muchas de las veces, les gustaría poder expresar en una conversación de ida y vuelta con el posible espectador qué es esa película que se detienen a mirar en el catálogo para, quizás (si es que se da ese momento de conexión película-espectador), vayan a verla a la sala. Pero no pueden. Tienen unas veinte líneas en una página, con una foto a color, información del equipo técnico, del director y de la parte del festival en la que participa. No pueden usar más. Y tienen que hacer una reseña o comentario lo suficientemente justo como para que parte de la obra esté ahí y el lector pueda reconocerla. Porque lo que finalmente pasa cuando no la reconoce es que el miedo toma lugar -en mí y en tantos otros- y la página queda salteada y la película olvidada por aquel, en un catálogo enciclopédico al lado de algún libro (antes un manual de historia, ahora alguno de bolsillo), hasta que quizás por el tiempo, la experiencia del otro o la simple casualidad y suerte, el espectador derrote ese miedo victorioso y desempolve al film de ese olvido en que lo había puesto antes.